Publicado en Artículos científicos, Recursos

El rechazo a las vacunas, el ataque a los transgénicos o la negación del cambio climático son la nueva versión del viejo ataque a la ciencia

La homeopatía no es más que una estafa. Una cuestión más grave, por supuesto, es que el chamán convenza al paciente de que tiene que dejar su tratamiento médico para abrazar el elixir fraudulento. Ahí muere gente, y los tribunales pueden actuar. Pero, cuando no se llega a esos extremos, o no muy frecuentemente, los productos homeopáticos seguirán gozando de una estantería vistosa en la farmacia. Es avalar una estafa, pero los políticos parecen estar acostumbrados a esa práctica, a juzgar por sus (nulas) iniciativas para erradicarla. Fácil: la mayoría de los españoles creen en la homeopatía, y no están los tiempos para perder votos.

Vacuna experimental contra la gripe aviar desarrollada en la Universidad de Maryland en 2005.  ampliar foto
Vacuna experimental contra la gripe aviar desarrollada en la Universidad de Maryland en 2005.  Getty

El rechazo a las vacunas es a la vez más complicado y más grave. Hace décadas que los abogados de colmillo más aguzado aguardan apostados a la salida de los hospitales norteamericanos a que salgan los familiares de los pacientes que han muerto. Una vacuna puede proteger al 80% o al 90% de quienes la reciben, y eso deja un margen jugoso del 10% o el 20% al que los letrados pueden agarrarse para plantear una demanda. Contra el médico, contra el hospital o contra la empresa farmacéutica que ha descubierto la vacuna.

Si nada de eso funciona, el abogado siempre puede aducir cualquier falacia que circule por la Red o sus alcantarillas, como por ejemplo que la vacuna que le han puesto a tu hijo causa autismo. Es mentira, y de la peor clase —ignorante e interesada—, pero ha causado unos daños profundos al sistema global de salud. En los años 2000, estas prácticas de leguleyos llegaron a vaciar a Estados Unidos de las firmas farmacéuticas que, como Pasteur o Glaxo, habían apostado por las vacunas. Esto fue un desastre que todavía no hemos superado del todo.

La esperanza media de vida de los países occidentales se duplicó en el siglo XX (de los 45 a los 90, redondeando un poco) debido a las tres patas esenciales de la lucha contra la infección: el alcantarillado, los antibióticos y las vacunas (hoy habría que añadir los condones, seguramente). Las zonas deprimidas de África y Asia siguen necesitando esos avances, contra las enfermedades antiguas y contra las que puedan surgir, y sin la investigación privada no parece posible.

Además, los gestores de la salud pública coinciden en que sin medicina preventiva no hay futuro. La esperanza media de vida occidental sigue aumentando a un ritmo lento pero constante de un par de años por década, pero la razón principal es la mejora en el tratamiento del infarto (que sigue siendo el gran matarife en el mundo desarrollado, por encima de todos los cánceres juntos). Esos sistemas son caros e imperfectos, pues rara vez devuelven al paciente su calidad de vida anterior. El sistema sanitario actual, sea público o privado, no es sostenible. Hay que apostar a fondo por la medicina preventiva.

Y las vacunas son medicina preventiva por definición. Se las pinchas a la población de riesgo y evitas que desarrollen unas enfermedades que, de haberse producido, habrían supuesto un tormento para el paciente y una sangría para los presupuestos sanitarios. Las artimañas jurídicas de los tiburones significarán a la larga un horrible aumento del gasto público y un estorbo para el avance de la investigación biomédica. Es obvio que los políticos pueden hacer mucho para animar a la Big Pharma a investigar en vacunas. También lo es que no está en su agenda de prioridades.

Lo que hasta ahora está salvando a estos abogados, y a los padres que se niegan a vacunar a sus hijos, de un buen embrollo civil o incluso penal es un efecto estadístico bien conocido de los epidemiólogos. Frenar la propagación de un virus no requiere vacunar a toda la población. Basta con vacunar a tres de cada cuatro. Lo que haga el cuarto individuo da igual a efectos epidemiológicos. Así que los hijos de los antivacunas están protegidos contra las principales enfermedades infecciosas gracias a los demás padres, los que sí vacunan a sus hijos. Puede parecer una paradoja, pero no son más que matemáticas.

El rechazo a los alimentos transgénicos —otra de las religiones de nuestro tiempo— plantea cuestiones aún más complejas e interesantes que el creacionismo, los pseudofármacos y las vacunas. Es curioso que una humilde semilla sea más importante que Dios padre, pero así son las cosas.

La mayor parte de la gente cree que hay una polémica científica sobre la seguridad para la salud de los transgénicos. No la hay. Todos los científicos y biotecnólogos de plantas coinciden en que los transgénicos son seguros para la salud, y también para el medio ambiente. Si llevan décadas investigando en ellos es porque, además de haber descartado esos riesgos, están convencidos de que los transgénicos son el mejor modo de incrementar el contenido de vitamina A del arroz — la base de la alimentación de media Asia, pobre en ese compuesto esencial—, crear variedades de las principales plantas de cultivo tropicales que sean resistentes a la sequía, y que por tanto gasten menos agua, ralentizar la oxidación que arruina la fruta, para una gestión más eficaz y sostenible de muchas plagas, sobre todo las enfermedades virales que arruinan las cosechas de varios países africanos, en fin.

En el caso del rechazo irracional a los transgénicos, los grandes responsables han sido los grupos ecologistas, con especial mención a Greenpeace, que lleva décadas poniéndolos entre sus tres o cuatro líneas estratégicas, a la altura de los residuos nucleares o el cambio climático. “Los ecologistas se oponen a los transgénicos porque tienen la panza llena”, me dijo en una entrevista el padre de la revolución verde, Norman Borlaug.

Tenía razón. Greenpeace ha conseguido intoxicar (ideológicamente) a la población occidental, y que Europa tenga una legislación absurda y retrógrada sobre los transgénicos. En el fondo eso da igual. Los países que verdaderamente los necesitan, como China y varios de África tropical, llevan años investigando en sus propios transgénicos. El largo brazo de Greenpeace no llega allí. Malo para la contaminación, bueno para la ciencia.

El negacionismo climático no es muy distinto de las religiones anteriores. Todas consisten en cegarse a la evidencia, inventar una realidad paralela e infectar a la mayor parte posible de la población con ella. Todas acabarán fracasando —la realidad es tozuda—, pero nadie sabe cuándo. Nuestro cerebro no está hecho para el pensamiento científico: pensar así nos cuesta Dios y ayuda, y poca gente está dispuesta a esa tortura. Habrá que inventar algo.

Leer todo en El País

Publicado en 4º ESO, Origen y evolución de la vida, Recursos

“Hemos pasado de ser la especie mejor adaptada a ser la que adapta el mundo a sí misma” María Martinón y Francisco J. Ayala reflexionan sobre el futuro de la evolución humana

El biólogo evolutivo Francisco José Ayala, debatió en Madrid con la paleoantropóloga María Martinón Torres sobre la evolución de nuestra especie, en un acto organizado por la Asociación de Amigos de la Real Academia de Ciencias (aRAC), en colaboración con Materia. “Somos una especie muy joven, apenas tenemos 200.000 años sobre la faz de la Tierra”, arrancó Martinón, investigadora del University College de Londres. “Pero si mañana sucediera una catástrofe, nuestro epitafio debería decir que, con todo lo bueno y lo malo, hemos sido una especie con éxito”.

La paleoantropóloga María Martinón alertó de que la tecnología va más rápido que nuestra capacidad de dar respuesta a los dilemas éticos

Martinón destacó las “paradojas” de este éxito evolutivo. “Para nuestra especie, adquirir la postura erguida fue un regalo envenenado, porque poníamos una limitación de serie para dar a luz”, explicó la investigadora. Los cambios en los huesos de la pelvis y el cerebro “desproporcionadamente grande” de los humanos convirtió el parto “en uno de los procesos más difíciles”, según la paleoantropóloga. “Un chimpancé puede parir solo, pero nosotros somos una especie que no sabe estar sola. Hasta el parto humano es un acto social”, subrayó.

La investigadora recalcó la importancia de la niñez en la evolución humana, por su papel en el aprendizaje y el desarrollo de vínculos con otros individuos. “Los chimpancés, cuando abandonan su grupo, pueden no volver a ver a sus padres. Y si los vuelven a ver no sabemos si los reconocen. Los Homo sapiens tenemos una hipermemoria afectiva. Podemos recordar a una persona que solo hemos visto una vez en la vida. O a alguien a quien no hemos visto nunca, como un escritor o un líder espiritual. Es posible por nuestra capacidad de estar sin tener que estar. El Homo sapiens se ha liberado de la necesidad de la proximidad física”, celebró.

“Lo que es exclusivo del ser humano es el desarrollo exponencial del conocimiento. Somos únicos en nuestra relación con la tecnología. Somos dependientes de la tecnología”, continuó Martinón. La investigadora recordó una cita del escritor estadounidense Ray Bradbury: “Nos hemos situado a nosotros mismos bastante por encima del mono, pero muy por debajo del ángel”. La profesora del University College alertó de que la tecnología va más rápido que nuestra capacidad de dar respuesta a los dilemas éticos, como los vientres de alquiler o la edición del genoma humano.

“Hemos pasado de ser la especie mejor adaptada al mundo a ser la que adapta el mundo a sí misma. No bastaba con cazar y pescar, hubo que modificar el mundo”, señaló Martinón. Esta modificación del planeta ha generado desastres, como el calentamiento global. Sin embargo, la paloantropóloga es optimista. “Somos los grandes creadores de problemas, pero también los grandes solucionadores. Somos los mejores para salvarnos de nuestras propias catástrofes. El problema no es salvarnos a nosotros. La pregunta es quién va a salvar a las demás especies”, concluyó.

“Es la sociedad la que debe decidir qué avances tecnológicos son aceptables”, sentenció el biólogo evolutivo Francisco José Ayala

Francisco José Ayala, profesor de la Universidad de California en Irvine (EE UU), rememoró el pesimismo del premio Nobel Hermann Joseph Muller, que a mediados del siglo XX alertó de que curar a personas con enfermedades hereditarias y permitir su reproducción significaría tener que curar a muchas más en el futuro.

Ayala recordó que Muller propuso dos soluciones para este supuesto problema: la selección germinal y la clonación. “Se fundaron dos bancos de esperma en California y los dos ya están cerrados, por buenas razones”, expuso el investigador, que fue presidente de la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia. Uno de estos depósitos de semen fue creado en 1980 por el millonario californiano Robert K. Craham. Varios premios Nobel donaron su esperma con la alocada intención de inseminar a mujeres para concebir “genios”.

Ayala también rebatió la otra solución de Muller: “¿Se pueden clonar humanos? La respuesta es no. Se pueden clonar los genes, pero no a un individuo, que resulta de la interacción entre genes y ambientes específicos”. El investigador citó al premio Nobel George Wells Beadle: “Pocos de entre nosotros hubiéramos defendido la multiplicación diferencial de los genes de Hitler. Pero ¿quién puede decir que en un contexto cultural distinto Hitler no hubiera podido ser uno de los líderes realmente grandes de la humanidad, o Einstein no hubiera podido ser un político malvado?”.

El profesor de la Universidad de California dibujó otro futuro para nuestra especie: el de la clonación terapéutica, con la creación en el laboratorio de órganos para trasplantes o de neuronas para reparar lesiones en la médula espinal. “Es la sociedad la que debe decidir qué avances tecnológicos son aceptables”, sentenció Ayala.

Leer en El País