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Traductor de adolescentes: cuando dicen “paso” quieren decir “ayúdame a interesarme”

  • Aunque no lo parezca, los adolescentes son terriblemente vulnerables, aunque los adultos suelen ver solo la superficie: malas contestaciones, aislamiento, impulsividad, desinterés y actitudes desafiantes
  • La psicóloga Alejandra García Pueyo recomienda “establecer un clima de confianza, donde, si a él le ocurre algo, por ejemplo, ha bebido y necesita nuestra ayuda, tenga la tranquilidad de poder acudir a nosotros”
  • Frente a sus comentarios, “debemos tomar distancia y ser conscientes de que surgen desde la inmadurez”, dicen las autoras del libro Trece razones para hablar con tu hijo adolescente

Los adolescentes, aunque no lo parezcan, son terriblemente vulnerables: tienen que lidiar con cambios físicos, emocionales, sociales y familiares y hacerlo todo contando con un sistema nervioso aún inmaduro. Es como si cada día se tuvieran que mirar al espejo y preguntarse: ¿quién soy hoy? Lo que los adultos ven, sin embargo, es la superficie: malas contestaciones, aislamiento, impulsividad, desinterés y actitudes desafiantes. Y cada vez que se les responde a todo eso desde el enfado, las amenazas, fiscalizando sus vidas o con un “haz lo que quieras”, lo que ellos entienden es: esto no es un territorio seguro, mejor me alejo.

La psicóloga Araitz Petrizán y la psiquiatra Maite Nascimento, autoras de Trece razones para hablar con tu hijo adolescente (Ediciones B), sugieren que “es necesario aceptar la inestabilidad como algo propio de la adolescencia: el choque va a ocurrir de forma inevitable y no podemos evitar el conflicto, pero sí encauzarlo y dirigirlo”.

“No me esperéis a cenar”

Inmunes e inmortales. Estas son las creencias sobre sí mismos que tiene casi cualquier chaval que se encuentre en esta edad. Y con esta idea se visten, dicen que se van a pasar la tarde con amigos y aseguran que llegarán a casa antes de las doce. Cualquier adulto sabe bien la cantidad de riesgos a los que se expone una persona joven; y según apuntan neurocientíficos como Daniel Siegel, no les importará ponerse en peligro si la recompensa (social principalmente) merece la pena.

Petrizan y Nascimento añaden que “un adolescente tiene que ir contra todo el sistema que le ha acompañado durante sus primeros años de vida para poder identificarse y encontrarse a sí mismo. Desconocen cuáles son sus límites y los exploran sin tener demasiado en cuenta las consecuencias.

Con este panorama, lo que se encuentran en casa los chavales, como es lógico, son un montón de advertencias y prohibiciones. Pero si pudiésemos leer sus mentes, detrás del “no me esperes” seguramente encontraríamos algo parecido a “necesito sentirme libre, pero también saber que estáis ahí por si os necesito”.

A la hora de establecer normas, parece que la clave está en llegar a acuerdos con flexibilidad. Así lo cree Alejandra García Pueyo, psicóloga especialista en infancia y adolescencia, que afirma que “las prohibiciones no funcionan bien a esta edad”, subrayando la importancia de “establecer un clima de confianza, donde, si le ocurre algo, por ejemplo ha bebido y necesita nuestra ayuda, tenga la tranquilidad de poder acudir a nosotros”. En este sentido, añade que “es importante tener en cuenta sus necesidades y establecer la hora de llegada con él. Pero que sepa que estamos disponibles en caso de aprietos es esencial”.

“Que te pires”

El problema está en que, cuando uno tiene ya aprendidas las coletillas, no es tan fácil evitarlas y mucho menos en situaciones de tensión (“Sal ya de mi cuarto”). A menos que uno sea consciente de que lo que significa esta frase es algo parecido a: “por favor, dame un poco de espacio, necesito estar a solas un rato”, lo que el adulto siente en esta situación es un gran desafío y lo que habitualmente hará es responder con indignación e imposición de poder (“¿Cómo? Tú a mi no me vuelves a hablar así”).

Sin embargo, “si frente a estos comentarios nos desbordamos, gritamos e insultamos –apuntan Petrizán y Nascimento– perdemos la autoridad y contribuimos a incrementar la tensión, haciendo que la discusión y el conflicto vayan en aumento. No obstante, si presentamos autocontrol emocional y respondemos serenos, seguros y firmes, les ayudaremos a regular sus impulsos y les daremos la oportunidad de aprender cómo responder en situaciones de malestar emocional. Debemos tomar distancia y no interpretar literalmente las expresiones, pues hemos de ser conscientes de que surgen desde la inmadurez”.

Lo recomendable, añade García Pueyo, es “no responder a esas frases en el momento, sino esperar a estar todos tranquilos y entonces hablar de ello explicando cómo nos sentimos; incluso abordar lo ocurrido desde el humor, que siempre acerca”.

“Paso”

Si en algún momento hemos pensado que los adolescentes son vagos y están desmotivados, observemos más atentamente. Por lo general descubriremos que hay muchas cosas que les motivan (videojuegos, chatear hasta altas horas de la noche, dormitar, salir por ahí con sus amigos, planear un viaje en grupo…). ¿Y entonces? García Pueyo asegura que “lo que echamos en falta, en realidad, es que sus prioridades sean iguales que las nuestras (ordenar su cuarto, ducharse, llamar por teléfono si se retrasa, cenar en familia…), cosa que no siempre va a suceder”.

Frente a su pasotismo, la reacción adulta suele ser, aparte de las críticas, la desesperanza (“No hay nada que hacer con este chico”). Sin embargo, cuando un chaval pone los ojos en blanco ante la idea de ir a una comida familiar, lo que posiblemente está diciendo es: “Necesito que toques las teclas adecuadas, ayúdame a interesarme”. Una idea para conseguirlo, dice la especialista, es “involucrarnos nosotros en sus intereses para recuperar la conexión y la cercanía, en vez de exigir que hagan ellos el esfuerzo en primer término”.

En cualquier caso, concluyen Petrizán y Nascimento, “habitualmente esta desmotivación es solo transitoria y una reacción normal al proceso de adaptación ante los cambios que están atravesando. La motivación se nutre del bienestar de enfrentarse a retos y superarlos. Por lo tanto, tratemos de asegurarle un escenario donde encuentre retos a su medida”.

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Nueve cosas que quizá no sabías de las abejas… y cinco que puedes hacer para protegerlas

DÍA MUNDIAL DE LAS ABEJAS

Las poblaciones de estos polinizadores, claves para la agricultura, están en declive en lugares como la UE

Para cultivar muchas de las frutas que comemos hace falta suelo y agua, y nutrientes… Pero, además, es necesaria la acción de los polinizadores. Tres de cada cuatro especies de las que usamos para alimentarnos dependen, al menos en parte, de que insectos o animales trasladen el polen para la fertilización. Y las abejas son las reinas.

En las últimas décadas, sin embargo, hemos cambiado nuestra forma de cultivar la tierra y producir alimentos. Desde mediados del siglo pasado utilizamos muchos más pesticidas (y fertilizantes) químicos, las explotaciones son más grandes y nos centramos en un número más pequeño de especies, afectando así a la biodiversidad. Todos estos cambios, junto a la aparición de parásitos o avispas invasoras, están perjudicando a las abejas, que son un elemento esencial de nuestros ecosistemas.

El 20 de mayo ha sido designado por Naciones Unidas como Día Mundial de las Abejas. En esta jornada, que celebra y recuerda su importancia y que ha sido impulsada por el Gobierno de Eslovenia, aquí van nueve datos sobre estos insectos y su labor polinizadora:

  1. Las abejas polinizan 170.000 especies diferentes de plantas.
  2. Al menos un tercio de cada cucharada que te llevas a la boca depende de la polinización.
  3. Una abeja melífera produce una doceava parte de cucharada de miel en toda su vida.
  4. Para producir un kilo de miel, una abeja debería visitar cuatro millones de flores y recorrer una distancia equivalente a dar la vuelta al mundo cuatro veces.
  5. Una colonia de abejas es comparable con una ciudad pequeña en cuanto al número de individuos. Aloja entre 30.000 y 60.000 obreras, de 300 a 1.000 zánganos y una reina.
  6. No hibernan, sino que siguen activas durante todo el invierno. Sin embargo, en esta época se juntan para calentarse unas a otras.
  7. Las melíferas son la única especie de abeja que muere tras lanzar una picadura.
  8. Las abejas son constructoras con un gran sentido de lo económico y lo racional. Los panales están entre las estructuras mejor diseñadas y organizadas de la naturaleza: sus paredes se juntan en ángulos de 120º, formando hexágonos completos.
  9. Salen de la colmena en cuanto la temperatura exterior supera los 10 ºC.

Abejas volando en Pernica (Eslovenia).
Abejas volando en Pernica (Eslovenia). JURE MAKOVEC AFP

Y otras cinco medidas que los ciudadanos de a pie pueden tomar para ayudar a protegerlas:

  1. Cultivar plantas con fines decorativos en terrazas, balcones y jardines.
  2. Colocar cajas (fabricadas por uno mismo o compradas) para que las abejas se puedan instalar en terrazas o jardines.
  3. Utilizar pesticidas que sean inofensivos para las abejas y al pulverizarlos sobre las plantas, hacerlo en días sin viento, temprano por la mañana o al final del día, cuando las abejas están en sus colmenas.
  4. Concienciar a niños y jóvenes sobre la importancia de estos insectos.
  5. Evitar cortar el césped o segar cuando las plantas están floreciendo, y hacerlo siempre a últimas horas de la tarde.

La Unión Europea ha limitado recientemente la utilización de tres insecticidas perjudiciales para las abejas en los cultivos al aire libre. En este sentido, la FAO (agencia de la ONU para la alimentación y la agricultura) señala la agroecología como un camino por el que proteger a estos insectos y su labor agrícola. Las prácticas de este tipo de agricultura ecológica rechazan el uso de pesticidas químicos y tratan de aprovechar las actuaciones de todos los componentes del ecosistema.

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Stephen Jay Gould, el mejor paleontólogo del siglo XX

¿Por qué ningún animal se desplaza sobre ruedas? ¿Las cebras son blancas con franjas negras, o negras con franjas blancas? Con preguntas como estas, el paleontólogo, biólogo evolutivo y divulgador científico Stephen Jay Gould (10 de septiembre de 1941-20 de mayo de 2002) provocaba a sus colegas y a sus lectores, para luego explicar algunas de las ideas más complejas de la evolución. Así como Charles Darwin, Gould se dedicó a entender todos los aspectos de la naturaleza y desveló enigmas que atormentaban a sus compañeros desde que el maestro inglés publicara “El origen de las especies”, en 1859. Él completó las teorías de Darwin con nuevas hipótesis e inició tres debates científicos que llevaron a sus colegas a repensar las ideas del padre de la evolución y que le convirtirían en el mejor paleontólogo del siglo XX.

Jay Gould se dedicó a entender todos los aspectos de la naturaleza y desveló enigmas que atormentaban a sus compañeros. Fuente: Museum of Natural History

En la década de 1970, durante su doctorado en la Universidad de Columbia, Gould y Niles Eldredge analizaban fósiles para entender cómo operaba la evolución, hasta que ambos dieron con un problema aparentemente irresoluble. No encontraban cambios graduales en las especies, como preveía Darwin. Según su teoría los organismos de una misma especie compiten entre sí y el mejor adaptado al ambiente sobrevive y pasa a sus descendientes sus características; y así, de manera lenta y gradual, se van produciendo cambios en las generaciones futuras. Gould y Eldredge encontraron largos períodos de casi total estabilidad, sin cambio alguno, eventualmente interrumpidos por brotes de nuevas especies que aparecían de repente.

Darwin ya se había enfrentado al mismo problema más de un siglo antes, pero argumentó que la falta de fósiles se debía a la dificultad de encontrarlos. Gould y Eldredge llegaron a otra conclusión y publicaron en 1972 la teoría del equilibrio puntuado, según la cual las especies dan saltos evolutivos y cambian profundamente de un momento a otro, después de permanecer estables por mucho tiempo. Gracias a la controvertida tesis, Gould se ganó las críticas de grandes científicos como los biólogos evolutivos John Maynard Smith y Richard Dawkins.

El Equilibrio puntuado frente al Gradualismo. Fuente: Wikimedia

El Equilibrio puntuado frente al Gradualismo. Fuente: WikimediaS

Pero las críticas no le intimidaron y seis años después, como profesor de Harvard, Gould volvió a sacudir los cimientos de la evolución al afirmar, junto con Richard Lewontin, que las características de algunos organismos son simplemente consecuencia de la forma por la cual evolucionaron y no necesariamente fruto de la selección natural, como creen los darwinistas ortodoxos. Es decir, no todas las características de los seres vivos representan una ventaja evolutiva, sino que son simplemente efectos colaterales de la evolución. Un ejemplo es el raciocinio humano: la habilidad para resolver problemas no interesaba a los primeros homínidos, pero sí la capacidad de organizarse para la caza, la noción de espacio o la habilidad con las herramientas. Gould defendía que los mecanismos de la evolución mantuvieron en los seres humanos esa habilidad aparentemente banal que, de propina, nos ha dado la capacidad de leer, construir casas y tener una vida social y espiritual.

La fuerza del azar

La idea de fuerzas que, más allá de la selección natural, movieran la evolución de los seres vivos tampoco fue bien aceptada, pero a Gould le quedaba todavía una hipótesis polémica. En el libro “La vida maravillosa”, publicado en 1979, el paleontólogo sugiere que otra fuerza muy poderosa actúa en la evolución de las especies, el azar. Cuenta la historia de un fósil de 500 millones de años de un animal prehistórico similar a un pez y menciona que, si ese animal se hubiese extinguido antes de lo que lo hizo, quizá no existirían los seres humanos.

Gould argumenta que, si las catástrofes naturales ocurren aleatoriamente, un pequeño asteroide caído en un momento clave de la evolución tiene el poder de cambiar todo lo que viene después. Según esa teoría, la evolución no es intencional, no tiene fines ni una dirección general hacia lo más complejo, y no otorga un lugar privilegiado a la especie humana.

Usaba algunas metáforas para dilucidar la casualidad de los eventos relacionados con la especiación, como la de que la evolución sería igual a una película que, cada vez que fuese reiniciada, tendría un nuevo final. Gracias a ese lenguaje osado, pero simple, cautivó a sus lectores y se convirtió en uno de los más grandes divulgadores científicos de todos los tiempos. En uno de sus últimos ensayos, “La mediana no es el mensaje”¸ llegó a utilizar su propia enfermedad, un tumor que padeció durante años, para explicar la estadística y cómo ella le ayudó a creer que podría sobrevivir más de los ocho meses que le fueron asignados por los médicos. Su hipótesis tuvo éxito y pudo luchar durante 20 años con la enfermedad, hasta que en 2002 Stephen Jay Gould falleció en casa, entre sus fósiles y sus libros.

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